Historia General del Pueblo Dominicano Tomo III
Historia general del pueblo dominicano 203 este momento. El mismo historiador, basándose en los libros de aduanas de Dajabón de los años 1777-1793, alude a la «concentración de la riqueza hatera en un número menor de personas». No obstante, los datos aportados por él mismo indican que de año a año variaban los nombres de los exportadores de ganado a Saint-Domingue. Por otro lado, gracias a la venta de sus reses, los hateros dominicanos obtenían diversas mercancías en Saint-Domingue, de las cuales resultaban especialmente importantes los esclavos. Así que el comercio ganadero propició el surgimiento de una élite de criadores que llegó a incidir sobre la vida institucional de la colonia; a su vez, su presencia en los organis- mos de poder —los cabildos, el ejército, el Estado e incluso la Iglesia— faci- litó su control de los pocos mercados de reses e incrementó su poder social. Como ejemplo de los sectores más encumbrados de la élite ganadera se puede mencionar a Francisco Espaillat y Virol, un médico francés que se estableció originalmente en Cabo Francés y luego en Santiago de los Caballeros, natu- ralizándose como español en 1787. A través de diversos medios, Espaillat y Virol adquirió numerosas propiedades y llegó a poseer haciendas dedicadas al cultivo de añil, caña de azúcar y café, así como varios hatos. Hacia 1787 poseía, entre otras cosas, «1,144 reses, 883 cerdos, 24 yuntas, 68 mulos, 447 cabras, 432 ovejas, 374 caballos». Además, era propietario de sembradíos de plátanos, «grandes cantidades de yuca», «520 tareas conuqueras» y 128 escla- vos, cifra totalmente inaudita en el contexto dominicano. 57 Pero este fue un caso extremo. Lo cierto es que, a juzgar por los testimo- nios de la época, el grueso de los hateros de Santo Domingo vivía en el campo en condiciones harto precarias. La mayoría residía en bohíos rudimentarios hechos de tablas y techados con hojas de palmera; su mobiliario era elemental y estaba compuesto de unos pocos asientos de madera y una burda mesa de igual material; los utensilios de cocina eran igualmente rústicos y estaban con- feccionados con materiales obtenidos en los entornos. Solían dormir en hama- cas, en una estera de palma o en un petate de cuero de vaca. Entre los mayores propietarios era común que los hatos estuvieran a cargo de un mayoral, el que podía incluso ser un esclavo, quien dirigía unos cuantos trabajadores —que podían ser esclavos o peones libres— que se encargaban de arrear y manejar el ganado. En los hatos de menor tamaño, eran el dueño y sus hijos quienes realizaban dichas tareas. Debido al aislamiento en que vivían y a la distancia que separaba a los hatos de los poblados o incluso de una propiedad agraria de otra, los hateros y sus trabajadores solían desarrollar relaciones muy es- trechas; esto propició que los esclavos que laboraban en los hatos obtuvieran su libertad. Ello se facilitó también porque los esclavos que trabajaban en los hatos podían desarrollar actividades que les permitían obtener pequeños
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