Historia General del Pueblo Dominicano Tomo III

268 Contornos iniciales del Estado dominicano esos cónsules y sus cancillerías desplegaron grandes esfuerzos para conven- FHU D ORV KDLWLDQRV GH GHMDU GH EXVFDU OD UHXQLÀFDFLyQ GH OD LVOD \ UHFRQRFHU D OD nueva nación. Ese reconocimiento no se logró, pero la tregua sí. Los cónsules intervenían de manera directa en la vida pública, sea pre- sionando al Gobierno dominicano a dar trato especial a sus ciudadanos, sea exigiendo preferencias comerciales y otros privilegios para concesiones de cualquier tipo. Durante las luchas civiles de ese período los cónsules daban asilo a los miembros destacados de un gobierno que caía y por igual inter- venían para detener la guerra civil, como fue el caso en 1849 cuando la caída de Jimenes: este entregó el poder a Santana a través de la mediación de los cónsules de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. En los primeros meses de la independencia, cuando se acercaba la invasión haitiana de Pierrot, el Consulado francés se llenó de refugiados, temerosos de lo que podía suceder si los haitianos capturaban la capital. Situación similar ocurría en los años subsiguientes, como el caso previo a la batalla de Las Carreras en abril de 1849 y otros momentos de miedo a que los haitianos reconquistaran el país. Como los gobiernos de Santana y Báez fueron conservadores y proteccio- nistas, siempre buscaron alguna forma de someter al país a una de las poten- cias ya citadas, alegando el permanente peligro haitiano. Aun después que ese peligro disminuyó, esos cabecillas continuaron buscando alguna forma de protectorado o total anexión, fuese de España, Francia o los Estados Unidos. Vemos así que durante todos los años entre la Independencia y la Anexión, Francia, España y los Estados Unidos medraron para sacarle algún provecho territorial a la nueva nación. Solo Gran Bretaña intervino con interés puramente comercial, pero como era la potencia marítima más importante, su peso en las negociaciones fue casi siempre decisivo. La mediación para lograr la paz con Haití no fue desinteresada ni altruis- ta. A esas potencias les convenía que los dominicanos no cayeran de nuevo bajo el control haitiano, pues sabían que esa nación no podía darse el lujo de pactar protectorados ni entregar territorios. Para los haitianos, la pérdida de su soberanía, aunque fuese parcial, sería una sentencia de muerte. Por tanto, las concesiones que los dominicanos podían dar a españoles, ingleses, fran- ceses o estadounidenses eran peligrosas para su permanencia como nación. Esas potencias tenían sus celos contra Haití. Que un país de antiguos escla- vos negros se independizara era anatema para los esclavócratas de España y Estados Unidos. Santo Domingo independiente podía ser fácil presa para los intereses expansionistas, de control económico y planes de recuperación territorial que tenían las cancillerías de Madrid, Londres, París y Washington. Todas recelaban, las unas de las otras.

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