Historia General del Pueblo Dominicano Tomo III

218 /D HFRQRPtD \ OD YLGD FDPSHVLQD ÀQHV GHO VLJOR XVIII -c1870) Por otro lado, algunas de las estructuras agrarias existentes resultaban convenientes para las actividades de supervivencia de los sectores rurales. Tal era el caso de los hatos, que se dedicaban principalmente a la ganadería exten- siva, aunque era común que sus propietarios y habitantes destinaran algunos predios a las tareas agrícolas, en especial a los productos alimentarios. Ya que la cría de animales requería poca mano de obra, el hato se avenía a las condi- ciones locales, en concreto a la escasa población de la República Dominicana, OD FXDO KDFLD ÀQHV GH ORV DxRV VHVHQWD GHO VLJOR XIX , se puede calcular, en el me- jor de los casos, en unos 250,000 habitantes. Por su parte, el conuco dedicado al cultivo de víveres era omnipresente en todo el territorio dominicano. Había unos cuantos cultivos que eran básicos en la dieta dominicana de la época, entre los cuales se encontraban los plátanos, la yuca, el maíz y las habichuelas. A estos se añadía una variedad de viandas, tubérculos y vegetales, como la batata, el ñame, los tomates, el ají y los guandules, entre otros. Entre los cam- pesinos que tenían poca tierra, estas plantas solían sembrarse intercaladas, por lo que el policultivo estaba muy extendido en el campo dominicano. En las mejores tierras del país —por ejemplo, en la Vega Real, famosa por sus feraces tierras—, los agricultores obtenían altos rendimientos, lo que les per- mitía mantener a sus familias con pedazos de tierra relativamente pequeños. Menos auspiciosa era la suerte de quienes habitaban en zonas áridas como la Línea Noroeste o el Suroeste del país, regiones en las cuales la falta de aguas y los suelos areniscos o pedregosos restringían sobremanera la productividad de las explotaciones campesinas. Por eso, en regiones como esas, resultaba crucial tener acceso a las corrientes de agua ya que así se podían establecer rudimentarios sistemas de riego que ampliaban las posibilidades económicas de los habitantes del campo, en especial de los pequeños productores. En aquellas regiones del país en las cuales las condiciones ecológicas eran favorables a la producción en pequeña escala —y aquí el Cibao central es nue- vamente emblemático—, tendió a proliferar la propiedad privada campesina. Ya dedicada a la subsistencia, ya a la producción para el mercado, o, como era más frecuente, a combinar ambos tipos de agricultura, el pequeño fundo fue adquiriendo cada vez mayor relevancia a medida que avanzaba el siglo XIX . El aumento de la población, aunque lentamente, fue uno de los factores que contribuyó a ello; asimismo, la creciente incorporación de la República Dominicana a la economía atlántica —aunque débil todavía en los 1860— y el incipiente desarrollo del mercado interno, también propiciaron la sedentari- zación de los habitantes del campo y, por ende, la ampliación de la pequeña propiedad. En algunas zonas, como San Francisco de Macorís y Cotuí, la pe- queña propiedad campesina se fue entronizando a medida que los sectores

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